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Un cabello seco se siente áspero, se esponja con facilidad y no brilla porque a la fibra le faltan lípidos y agua. Se mejora con una rutina que limpie sin arrastrar grasa, nutra los largos después de cada lavado y deje un cuidado sin enjuague, y con menos calor en el día a día.
El sebo que produce el cuero cabelludo baja poco a poco por cada hebra y la recubre con una película fina que la mantiene flexible. Cuando esa película no llega hasta las puntas, o se pierde con los lavados y el calor, la cutícula se levanta, el agua se evapora y el cabello queda rígido. Los rizados y ondulados lo sufren más: la grasa baja con dificultad por una hebra en espiral. Las señales:
No hay que confundirlo con el cuero cabelludo seco, que tira y a veces pica. Puedes tener raíz grasa y largos secos al mismo tiempo, y cada zona pide su cuidado.
La resequedad de los largos se cuida en casa. Pide cita si el cabello se quiebra muy cerca de la raíz, si se cae en cantidad o notas zonas con menos pelo, si el cuero cabelludo tiene descamación, rojez, costras o picazón que no cede, o si la resequedad aparece de repente junto con otros cambios, como cansancio o piel muy seca. A veces tiene una causa que conviene revisar con un médico.
Las dos cosas. El acondicionador y la mascarilla aportan hidratación y suavidad; el aceite o la crema sin enjuague ayudan a que no se escape.
Suele ayudar espaciar los lavados, sobre todo en cabello rizado. Si la raíz se engrasa rápido, lava igual y concentra la nutrición en los largos.
Si pones mucho o cerca de la raíz, sí. Empieza con unas gotas en las puntas y sube solo si hace falta.
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